Viaje al Orígen del Arrechon (licor ancestral)

marzo 15, 2018

Los invitamos a leer esta sentida narración, realizada por Francisco Paz Ardila, uno de los directivos y colaboradores de Propaís desde su creación. Conocedor del sector empresarial del país, del desarrollo regional y de nuestras comunidades étnicas.

Por: Francisco Paz Ardila

“Rio de Guafui, rio de Sanquianga/Que sabroso estaba el caldo de piangua/”. Estos versos de un conocido currulao de la costa pacífica, nos acompañaron en la travesía de dos horas largas en lancha con motor fuera de borda, entre la ciudad de Guapi y San Antonio de Guafui, población con una antigua historia de minería practicada por negros esclavos desde los tiempos de la colonia y que todavía hoy se sigue practicando, aunque con menor intensidad pero con los mismos métodos de hace más de doscientos años.

El recorrido se inicia rio abajo por el rio Guapi hasta llegar a un punto de encuentro con el rio Guafui, en donde ambos desembocan en el océano Pacífico. De allí en adelante, rio arriba por este último, rodeados de la maraña de selva húmeda, en un silencio solo interrumpido por el ronroneo del motor de la lancha, continuamos a contra corriente, pasando por distantes y pequeños caseríos como el Carmelo y San José, hasta divisar, después de más de dos horas y media de navegación, la estatua de San Antonio, puesta a la orilla del rio, montada sobre una base de madera sostenida por cuatro altos pilares del mismo material, para evitar ser arrastrada por las frecuentes crecidas del Guafui.

Pasada una curva del rio, divisamos a San Antonio de Guafui allá en el fondo, con sus casas de madera tipo lacustre o “en alto”, como después supimos que las llaman sus pobladores. Alineadas en la rivera del rio se pueden contar más de diez casas y detrás de estas otras tantas, más las que se ven en la pendiente de una ladera, todas las cuales conforman la población en donde, según posteriormente nos informaron, habitan unas ochenta familias de la etnia afrocolombiana.

Al descender de la lancha en un muelle rústico, podemos observar que las casas que están sobre la ladera, en donde el rio no es amenaza, son de ladrillo y normalmente edificadas sobre el terreno firme. Son naturalmente más espaciosas  y más seguras.

Sus pobladores, gente amable y acogedora, son descendientes de negros esclavos que a mediados del siglo XIX fueran liberados por don José Hilario López, a disgusto de los amos blancos del Cauca que los tenían dedicados a la labor de la minería del oro, como medio para engordar sus fortunas.

………“El blanco vive en su casa/ de madera con balcón/ y el negro en rancho de paja/ con un solo paredón/ y aunque mi amo me mate a la mina no voy/ yo no quiero morirme en un socavón/ dicen los versos de la tradicional canción “La Mina” que le pone notas rítmicas a esta parte nefasta de una historia de esclavitud y minería.

Nunca se supo si una vez libertos los negros, los dineros recaudados por los “fondos de manumisión” les llegaron totalmente o por lo menos en parte, para redimir los “vales de manumisión” que les eran entregados al presentar los certificados de libertad, previos los avalúos de que cada negro, hombre o mujer, eran objeto por parte de las correspondientes juntas establecidas por la ley, cuya vigencia inició el 1 de enero de 1852.

Un artículo de esa ley dice que esos dineros “son sagrados” y añade que los tesoreros administradores, deberán responder legalmente sin distraerlos en actividades diferentes a las señaladas por la norma. Pensamos que, ojalá en esa lejana época, la moral y las buenas costumbres no estuviesen tan resquebrajadas por la corrupción como actualmente.  

Don José Domingo Montaño, patriarca con raíces profundas en la región, es un autorizado cronista de las historias de San Antonio de Guafui  y por él supimos que ya la minería no es la actividad económica prevaleciente. Ha sido reemplazada por la agrícola que comenzó con el cultivo del coco, cuya venta, él y su esposa, doña Esperanza, recién casados, hacían en el mercado de Guapi hasta donde madrugaban para llegar, después de casi 12 horas de remar, a fuerza de brazo y canalete

  • El negocio era bueno, dice don Domingo, pero un buen día la bonanza del coco se acabó con la aparición del anillo rojo, plaga que por falta de control adecuado arruinó las plantaciones y las posibilidades de convertirlo en un producto bandera del litoral.

Hoy, poco a poco, afortunadamente ha comenzado a resurgir la palma convirtiéndose en la base esencial para los encocados de jaiba y las tradicionales “cocaras”, como lo pronuncian los negros,  mecato dulce que el visitante lleva al interior del país como muestra de la gastronomía local.

Nos cuenta don José Domingo que, luego de sus andanzas de joven, trabajando en varios ingenios azucareros del valle, él trajo la caña a San Antonio, cultivo que, aunque no sirvió para producir panela como era su idea inicial, si lo transformaron en materia prima para producir los licores ancestrales, que luego bautizarían, con cierta picardía, como el “Arrechón”, el “Tumba Catre”, el “Se acuestan dos y amanecen tres”, a los que luego agregaron las Cremas de Naidi, de Viche y el apetecido aguardiente Viche,  todos convertidos hoy en productos emblemáticos de la región pacífico que orgullosamente venden en ferias y eventos, entre estos, los que organiza PROPAIS en convenio con el Ministerio de Comercio , Industria y Turismo, con el propósito de hacer visibles las culturas productivas y las “economías propias” de las poblaciones más vulnerables de Colombia.

Don José Domingo lidera un grupo de más de 25 personas, las que asociadas en la organización denominada “Herencia Guapireña”, producen caña y utilizando un desgastado trapiche comunal que ya pide relevo, extraen sus jugos con los cuales producen el licor destilado en un alambique artesanal, producto del ingenio del patriarca y del cual provienen la mayor parte de los ingresos que alimentan los bolsillos de los habitantes de San Antonio y les permiten atender parte de sus necesidades básicas.

Valoran los Sanantoneños que el bosque tropical les provee del fruto de la palma naidi que recolectan para preparar la deliciosa “Crema de Naidi”, considerada además, como licor medicinal por sus propiedades antidiabéticas, según nos dice Octavia Montaño quien, en su centro de producción en la ciudad de Cali, le da valor a la actividad y la promueve, convirtiéndola en bandera económica para los habitantes de la región.

En nuestra charla con los productores sobre sus esperanzas y dificultades, se quejan igualmente de la desaparición del chontaduro local debido a plagas que no fueron analizadas ni combatidas oportunamente. Comentan que su fruto era igualmente parte vital para la producción de los licores típicos.

No podíamos dejar de conocer mejor la población, así que hicimos un recorrido pasando inicialmente por el colegio rural cuya edificación fue destruida parcialmente por un terremoto ocurrido hace unos cinco años. Hoy ya se ve reconstruido casi en su totalidad mediante gestión adelantada por los líderes locales y el apoyo de la comunidad.

Asombra ver la gran cantidad de niños en los diferentes espacios de la institución, por lo cual uno no deja de pensar con preocupación, en las oportunidades que se les deberán ofrecer para garantizarles un buen futuro. Ojalá un futuro que, por lo menos sea diferente al precario de la salud que hoy se brinda a la población del lugar, pues comenzando, el “puesto de salud” local, construido hace algunos años, con suficientes espacios para atención de pacientes, hoy es una ruina abandonada que caricaturiza trágicamente lo que es el sistema de salud, especialmente en las regiones más olvidadas de Colombia.

  • A veces parece  que el Estado no nos reconociera como colombianos, dice en tono dolido don José Domingo.
  • Si una mujer de San Antonio va a tener un parto, continúa diciéndonos, tiene que desplazarse hasta Popayán, dando la vuelta en avión o en lancha por Cali, con todo lo que eso significa en costos de tiempo y dinero.

Ese comentario nos lleva a pensar una vez más, en que no hay razones para que la carretera Popayán Guapi, proyectada hace más de cincuenta años, continúe siendo una frustración para los habitantes del litoral. Su construcción, que resolvería estas situaciones agudas, ya no puede tener más aplazamientos.

Al final del recorrido y con muchas reflexiones, nos despedimos de San Antonio y de sus amables pobladores. Retomamos la senda del rio aguas abajo, pensando en todos los sueños y frustraciones que tienen sus pobladores por una vida mejor. Aman la paz y dicen que es el mayor regalo del Gobierno actual, pero igualmente reclaman su acompañamiento en todos niveles para poder materializar sus visiones colectivas de futuro.

De alguna manera el MinCIT y Propais como organismos con responsabilidades estatales, les permiten una luz de esperanza que no puede apagarse hasta permitir que ellos puedan ver un nuevo amanecer de oportunidades, de ruptura del aislamiento y de disfrute pleno de los bienes de la libertad y la democracia a la cual tienen pleno derecho.

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Última actualización: mayo 22, 2018

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